Odio a García Márquez por
haber ideado cien años de soledad antes que yo. También lo debe de odiar el vil
aventurero de Cristóbal Colón, quien por más que buscó y buscó entre el valle,
entre la selva, entre los pantanos y entre una que otra tribu, mirando en su
catalejo a bordo de la Santa María, no
pudo encontrar Macondo ni a Aureliano Buendía. El único oro que no se robó Colón
y los suyos fue el que buscaba inventar Aureliano, fue muy grande la suerte de
aquel frustrado alquimista.
Y por si fuera poco, a las
palabras les toca hoy jugar conmigo a
las escondidas, justo en esta calurosa noche, vistiéndose las muy bufonas con trajes
muy negros y obligándome a dar vueltas mientras me disponen a contar hasta mil
para evitar ser encontradas. Se ríen de mí las rebeldes palabras.
Quisiera ser como aquel que
no escribía por interés sino porque le picaba la mano para hoy aprovechar a
escribirte la mayor cantidad de bellas frases por cada vez que reciba un
piquete de los mosquitos que aguijonearon entre mis dedos beneficiándose de mi descuido.
Quizá si no correteara tras
las estúpidas palabras hubiese acuñado un buen final a la Vida y amores de
Alonso Palomino o habría dedicado veintidós minutos en vez de los once que
dedicó el precoz de Paulo Coelho.
Total de tanto jugar a las
escondidas, las palabras un día se han de cansar. En fin, jugar a las escondidas no es sentencia de muerte sino
un simple juego de niños y de palabras.
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