Aquella tarde los árboles
hacían una enorme fila, los pájaros modelaban presumiendo sus agraciados
colores y muy fuerte entonaban alegres cantos mientras los pastos, al escucharlos, se ponían
verdes de la envidia.
Las plantas sonreían a aquel joven distraído tras el
fracaso de seducir sus manos, y sus dedos, se marchitaban opacadas en gran
enojo.
Las bellas mujeres lucían
sus largos vestidos muy coloridos que hacían juego con sus hermosos labios
rosados o rojos de forma natural. Esta vez ansiaban ser observadas mientras
contoneaban sus anchas caderas al caminar un paso a la vez. De esa forma acentuaban
aquellas atrayentes y tan pronunciadas siluetas.
Casas centenarias
remarcaban sus tejados húmedos con olor a tierra mojada e imprimían sus
rendijas esperando robar, aunque fuera el más mínimo trazo, del pincel que
cuidadoso y pensativo sostenía aquel joven pintor.
Mientras pensaba en lograr el
boceto más hermoso, esa obra de arte que figura prominente y luminosa en la
galería de la imaginación, posaba para él solito sin que pudiese percibirlo, ese esplendido
ambiente el cual le era invisible mientras le susurraba al oído:
-
Pínteme
que por acá estoy. ¡Ya deje de fantasear idioteces Fernando!
El mejor de los paisajes,
la más bella y cercana inspiración. La que le palpa en sus ojos, en sus manos y
en sus dedos. Casi que le abofetea para
hacerse un selfie en el lienzo, a través de las delgadas y ásperas manos aquel,
el alienado, el distraído, el melancólico, Fernando el joven Pintor.
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